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maldoror

Narrativa

Un café

Este sitio es algo caro, pero hay que reconocer que el café es bueno.
¿Querías escucharlo todo, no? Bueno, ella me dejó y la situación me devastó por completo. Compréndeme, mi vida funcionaba por el simple hecho de su presencia. Así que se fue. Traté de llamarla, de verla. Todo en vano. La necesitaba. Me dolía la piel por el simple hecho de no tenerla. Era tan exquisitamente bella. Los días estaban dibujados en su cuerpo desnudo, en el sabor de sus labios y de un momento a otro me encuentro solo, lejos de ella y con el vacío de su ausencia. Después pasó el accidente ¿Tu lo supiste, verdad? Fue nefasto. Llegaron tres hombres e intentaron violarla. No lo hicieron, pero la dejaron como una masa amorfa de sangre. Quedó en silla de ruedas, de hecho, le cortaron dos dedos de la mano izquierda (el meñique y el siguiente ¿Puedes creer que nunca recuerdo su nombre?). Pasado eso, comencé a visitarla en el hospital. Los primeros días estaba inconsciente, por lo que no objetaba mi presencia. Luego de despertar, con el efecto de las drogas me decía muy bajo:”vete”. No la complací. Me quedé.
¿Quieres otra cosa? ¿Un cafecito, un té? Bueno, te lo pierdes.
Notó mi presencia diaria y helecho que su estado no me repugnaba en lo más mínimo, así que aprendió a soportarme. De hecho, antes del accidente era pareja de un abogado que apenas supo como había quedado se olvido de ella.
Cuando salió del hospital me permitió ir a su casa. Casi siempre estaba amargada. Lloraba al ver su piano en la sala ¿Nunca la escuchaste? Era muy buena .Un día en medio de llanto e impotencia, me pidió que la abrazara. Nos besamos. Desde ese momento volvimos a ser inseparables. La ayudaba con todo y regresó su sonrisa. Afirmaba que gracias a mi existía dicha en su vida.
A consecuencia del accidente, quedó incapacitada para concebir; aún así, tenía la obsesión de una familia. Pensamos en adoptar. Acto seguido cada fin de semana teníamos la rutina de visitar orfelinatos y casas hogares en busca de niños. Okey, te imaginas que de una cosa pasamos a la otra. Decía que ya le era imposible pensar en otro hombre que no fuera yo, eso en medio de lagrimas de alegría. Fue como si la hiciera volver a vivir. Así que empezamos a planear la boda. Todo era perfecto.
Un día dijo que necesitaba confesarme algo, ya que nuestro matrimonio debía comenzar sin sombras de mentiras. Confesó que en nuestra pasada relación me había engañado un par de veces. Obviamente me dolió, pero debíamos sincerarnos, así que admití que el accidente que sufrió no fue como tal “un accidente”. Había contratado a esos hombres, para acercarme a ella, volver a sentir a su amor. Viejo, yo la amo y no me interesa como se vea, sino quien es. Luego de mi confesión se puso histérica. Me llamó enfermo y juró que jamás volveríamos a vernos.
Pasaron un par de semanas y llamé a su casa. Atendió ella. Le supliqué que nos viéramos, le dije todo lo que ella significaba para mi, y accedió. De alguna forma volvimos a ser pareja. Así que aquí me tienes, comprometido, listo para saltar al agua. Sé que aún me odia y estoy casi seguro de que nunca me perdonará, pero total, se va a casar conmigo ¿Puedes creerlo?
Voy a pedir otro café ¿Quieres algo?

Crònicas Bizarras 1

No es muy difícil llegar a la conclusión de que el ritmo de la noche caraqueña, esta basado en el sexo. Es el producto que todos van a comprar, en ocasiones la venta es exclusiva y se necesita en reiterados casos de un formalismo que no somos capaces de soportar por esa ardiente impaciencia del consumo de piel; es eso o demasiado alcohol. Por ejemplo, tomemos una fecha: 31 de octubre. En países anglosajones hablamos de Halloween, en países como el nuestro, forzadamente decimos lo mismo. Propongamos un sitio equis en la movida caraqueña: Belle Epoque. Ese día era posible que tocara Casablanca, obviamente sin Biella Da Costa. El caso es que con mi pareja y unos amigos nos sumergimos en la noche, buscando un escape (mis amigos querían comprar el producto de la noche hedonista, pero por indecisión, no se dio la compra). Fue así como un 31 de octubre (hago notar que es último de quincena, para la lógica posterior de esta crónica), justo segundos antes de comenzar el concierto, los policías (seres muy mal pagados en nuestra actual realidad), practicaron una redada en el llamado local. La redada fue más visual que práctica. Notaban quién podría tener miedo o dinero. Señores, hablamos que con el diminuto sueldo que ganan, no se puede sostener una familia, así que si un niño entrando a los veinte, cargado con éxtasis, evadiendo el encierro, contribuye con el pote de leche para el tetero de los hijos de un mal pagado funcionario, pues bienvenidos sean. Dos filas; una para hombres, otra para mujeres. En el comienzo de la fila de las damas, estaba la policía mas espectacular que había visto en mi vida; una morena de ojos claros y cuerpo de revista de modas. Obviamente que si raqueteaba a mi novia, estaría pendiente (en pro de la libido), para ver por donde pasearían esas exquisitas manos de agente del deber. Bueno, finalmente la dama policía fue muy profesional. No se aprovechó (para horror de mis fantasías) ni de mi pareja, ni de nuestra amiga común; que dicho sea, entraba por primera vez a la Belle. Fin de la redada, dinero de la entrada devuelto; nos dirigimos con la noche para El Gordon Blue. No nos enteramos si por fin tocó Casablanca. Noche de happenings. Mientras una compañera de mesa divagaba acerca de cuántos orificios poseía la Cicciolina, intentando adivinar si era posible que se acostara con ocho tipos a la vez (juego de ingenio, háganlo en sus oficinas cuando estén en esas horribles horas muertas), un tipo (típico galán en decadencia que con solo conocer la obra de Hume, cree llevar a Dios por la chiva, o estudiante eterno de la UCV, que por equis razón se ha salvado en novecientas ocasiones de que le apliquen el erre erre -para desgracia de sus padres que tienen 30 años manteniéndolo-), no se le ocurre una mejor idea que citar a sus dos novias para verse en el mismo sitio, pero a distintas horas. Después de la redada, en el otro local, nos esperaba todo un capítulo en vivo de Beverly Hills, versión Radio Rochela. Mi pareja bailaba entre los gritos de las ingenuas (¿o estúpidas?) novias del galán de precio económico, cuando un tipo empezó a atacarla. Lo siento amigo; la transacción entre ambos esta cerrada, ella esta conmigo. Fue a caerle a la décima quinta tipa para que también lo rechazara. Mi hermosa dama volvió a mis brazos, el borracho y el tipo intenso se fueron. Las dos chicas lloraron y gritaron. Mi amigo y mi amiga no pudieron disfrutar (por pena, respeto, o simplemente lentitud; del lecho común). Llegué y me despojé de la ropa con hedor a cerveza y tabaco. En mi cama estaba el cuerpo gentil de mi compañera de vida. Estaba enojada. Para la siguiente velada se le pasaría la rabia. Esa otra noche Caracas seguiría vendiendo sexo.

El falso poeta

La escritora le dijo que era “uno de los poetas más enérgicos de su generación”. Él no sabía qué intentaba decir. No se consideraba enérgico, ni siquiera recordaba la palabra y demás esta decir que no se aceptaba como poeta, sino como un simple desconocido. En ese momento su concentración se melló y admiró la belleza de la escritora, ella se fue en medio del humo de un cigarro por la mitad, él se quedo con su amigo, mientras veía como esas piernas perfectas se alejaban de su espacio. No sabía donde estaba su arte, ni el por qué de su importancia. Últimamente solo cavilaba acerca de la belleza de las mujeres, sus olores, sus exquisitos y variables sabores (jamás dos labios se sentían iguales) y el deleite siempre bien recibido del roce. Seguía con su amigo, el cantor del sur, y una chica de vida bohemia se acercó. El amigo simplemente sale, no sólo del sitio, sino también de la historia. La chica, casi desconocida, unida al falso poeta solamente por el sexo, le dice: “solo soy un juguete para tu placer”. Él como el más puro chauvinista se alegra. Había esperado toda su vida una frase como esa. Visiblemente enojada la chica sale, no sólo de la historia, sino también de su vida. Él, en medio de la modorra, entre lienzos de fracaso, pensaba en las mujeres, en sus fantasías que eran clichés gastados de lujurias antiguas, de hombres derrotados. Y con su natural cansancio, con su incapacidad de mover un solo dedo para escribir, no por falta de ganas, sino de creatividad y como, en medio de la caída, alguien lo consideraba “un poeta enérgico”. Era menos que eso. Al irse le pidió el teléfono a una de esas jóvenes aspirantes a artista que se impresionan con los escritores publicados; no importa si el libro es una porquería, total no lo notan. Sabía que después de una charla sobre la poética de Rimbaud, se acostaría con ella. Y así fue. Le dejó un libro firmado y vagó por la noche, con aliento a tabaco piche, desasosiego en el alma y cansancio.
Al siguiente día sabía que tenía que sumergirse en un puesto público, alejado de cualquier pasión, refugiado en fantasías pobres con mujeres voluptuosas. Nunca la soledad fue tan notoria y su vida tan poco enérgica.