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maldoror

Crònicas Bizarras 1

No es muy difícil llegar a la conclusión de que el ritmo de la noche caraqueña, esta basado en el sexo. Es el producto que todos van a comprar, en ocasiones la venta es exclusiva y se necesita en reiterados casos de un formalismo que no somos capaces de soportar por esa ardiente impaciencia del consumo de piel; es eso o demasiado alcohol. Por ejemplo, tomemos una fecha: 31 de octubre. En países anglosajones hablamos de Halloween, en países como el nuestro, forzadamente decimos lo mismo. Propongamos un sitio equis en la movida caraqueña: Belle Epoque. Ese día era posible que tocara Casablanca, obviamente sin Biella Da Costa. El caso es que con mi pareja y unos amigos nos sumergimos en la noche, buscando un escape (mis amigos querían comprar el producto de la noche hedonista, pero por indecisión, no se dio la compra). Fue así como un 31 de octubre (hago notar que es último de quincena, para la lógica posterior de esta crónica), justo segundos antes de comenzar el concierto, los policías (seres muy mal pagados en nuestra actual realidad), practicaron una redada en el llamado local. La redada fue más visual que práctica. Notaban quién podría tener miedo o dinero. Señores, hablamos que con el diminuto sueldo que ganan, no se puede sostener una familia, así que si un niño entrando a los veinte, cargado con éxtasis, evadiendo el encierro, contribuye con el pote de leche para el tetero de los hijos de un mal pagado funcionario, pues bienvenidos sean. Dos filas; una para hombres, otra para mujeres. En el comienzo de la fila de las damas, estaba la policía mas espectacular que había visto en mi vida; una morena de ojos claros y cuerpo de revista de modas. Obviamente que si raqueteaba a mi novia, estaría pendiente (en pro de la libido), para ver por donde pasearían esas exquisitas manos de agente del deber. Bueno, finalmente la dama policía fue muy profesional. No se aprovechó (para horror de mis fantasías) ni de mi pareja, ni de nuestra amiga común; que dicho sea, entraba por primera vez a la Belle. Fin de la redada, dinero de la entrada devuelto; nos dirigimos con la noche para El Gordon Blue. No nos enteramos si por fin tocó Casablanca. Noche de happenings. Mientras una compañera de mesa divagaba acerca de cuántos orificios poseía la Cicciolina, intentando adivinar si era posible que se acostara con ocho tipos a la vez (juego de ingenio, háganlo en sus oficinas cuando estén en esas horribles horas muertas), un tipo (típico galán en decadencia que con solo conocer la obra de Hume, cree llevar a Dios por la chiva, o estudiante eterno de la UCV, que por equis razón se ha salvado en novecientas ocasiones de que le apliquen el erre erre -para desgracia de sus padres que tienen 30 años manteniéndolo-), no se le ocurre una mejor idea que citar a sus dos novias para verse en el mismo sitio, pero a distintas horas. Después de la redada, en el otro local, nos esperaba todo un capítulo en vivo de Beverly Hills, versión Radio Rochela. Mi pareja bailaba entre los gritos de las ingenuas (¿o estúpidas?) novias del galán de precio económico, cuando un tipo empezó a atacarla. Lo siento amigo; la transacción entre ambos esta cerrada, ella esta conmigo. Fue a caerle a la décima quinta tipa para que también lo rechazara. Mi hermosa dama volvió a mis brazos, el borracho y el tipo intenso se fueron. Las dos chicas lloraron y gritaron. Mi amigo y mi amiga no pudieron disfrutar (por pena, respeto, o simplemente lentitud; del lecho común). Llegué y me despojé de la ropa con hedor a cerveza y tabaco. En mi cama estaba el cuerpo gentil de mi compañera de vida. Estaba enojada. Para la siguiente velada se le pasaría la rabia. Esa otra noche Caracas seguiría vendiendo sexo.

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